#6: Para no escuchar el silencio

Después de lo que pasó, me puse a pensar en los silencios. En todos los que ya he ido liberando y en los que aún me faltan. Estaba ahí, en el metrobus a las 7:30 de la mañana, rodeada de mujeres [que se aplastaban, que se empujaban], sintiéndome a salvo. Miré sus rostros y me pregunté cuáles eran los silencios que cada una de esas mujeres cargaban esa mañana, cuáles llevan cargando por meses, años. Sentí [siento] unas profundas ganas de llorar, pero me he contenido, quizá por rabia, quizá porque me he cansado de liberar la impotencia a través de las lágrimas. Llegué a la oficina y busqué los números del centro de denuncia de Tlalnepantla. El hombre al otro lado del teléfono me recibió con una inaudita empatia [algo fundamental al momento de denunciar] y escuchó paciente mi relato: Es la segunda vez que alguien me acosa en la calle, cerca de mi casa, en menos de tres meses. Las dos a la misma hora [a la hora en que me dirijo al trabajo]. La primera, un hombre me dijo obscenidades cerca del oído, no supe cómo reaccionar y me quedé inmóvil, lo dejé escapar, lo perdí de vista y luego cuando me lo topé de nuevo estaba a mis espaldas subiendo en el mismo camión que yo; pensé en bajarme, pero antes de hacerlo, él ya se había bajado. La segunda ocurrió hoy. En el puente peatonal que debo cruzar para llegar al transporte, un hombre que bajaba mientras yo subía, cuando nos emparejamos en un escalón, me nalgueó. La rabia me hizo gritarle la gama de groserías que me sé muy bien y salir detrás de él a enfrentarlo. Huyó. Pero esta vez sentí el impulso de no quedarme inmóvil. El hombre al otro lado del teléfono de inmediato levantó mi reporte, fue minucioso en los detalles de ubicación de la zona del incidente. Le proporcioné mi nombre completo y demás datos, no quería que esto fuera anónimo. “También, si me lo permite, levantaré una queja para que manden una patrulla al sitio desde mañana a la hora que se va al trabajo. Para que esto no quede en un solo reporte, sino en algo a lo que se le dé seguimiento y se puedan pedir otras acciones”, me dijo y me dictó mi folio, me dio su nombre y agradecí que en ningún momento hubiese desestimado mis palabras. Después me puse a pensar en los gritos que revientan el silencio y nos liberan.

Anuncios

La jacaranda de tu sombrero

El infierno explotaba a tus espaldas. Incandescente. No lo sentiste. La música desgarradora de tus palabras: “No me mates”, y las tristes notas del acordeón que adheriste a tu pecho te tragaban.

La lluvia borró tus lágrimas. El negro de tu delineador cubrió tus mejillas. Tus ilusiones convulsionaron en la maleta que acuestas te sostenía. El vestido blanco se manchó de sangre, de lodo, de dolor. Sólo la jacaranda azul que decoraba tu sombrero lucía impasible. Esperanzadora.

La locura te abandonó. Te convertiste en un verdadero fantasma. Dejaste de subirte las medias. Y ya no hubo modo de peinar el cabello tijereteado. Creíste que los cientos de luciérnagas que brillaban con la marcha del tren habían volado para siempre. Ya no te maravillaba nada.

Pero tus dedos, tus dedos fueron los traidores. Escucharon el silencio espeluznante de la realidad que nunca te había pertenecido. Y no pudieron callar más. Se impacientaron por sentir las teclas del acordeón, necesitaban sus notas.

Música.

La música dentro de ti. Tu locura.

Y de pronto, tus ojos se cincelaron por los gritos de la libertad. Ésa que siempre fue tuya. Estallaron con un brillo tierno. Inocente. Eras libre.


Porque las películas también inspiran. Basado en House of fools (La casa de los engaños) de Andéi Konchalovsky.

¡Salud!

Esta noche pase junto a tu refugio. Quise encontrarte. Fue inútil….

Justo hoy mi muñeca izquierda no está desnuda. De nuevo cuento el tiempo. No vaya yo a perderlo. Uso mi reloj. Y al mirarlo lamento tanto los pocos minutos que estuve contigo la última vez que te vi. Lamento enterarme hasta ahora de tu muerte. Me hubiera gustado llevarte una flor. No, la verdad no. Odio los sepelios, justo por las flores. Mira qué crueldad regalarte vida cuando mueres, o matar para alegrarte la muerte. Pero me hubiera gustado verte en tu nuevo refugio, llevarte aquel cartón, o una “marrana” desbordando mezcal… para decorarlo, para que te sientas en casa…

¿Recuerdas las veces que desayunamos juntos en aquel improvisado comedor? ¿O cuando me veías en la calle y con tu cuerpo a cuestas me saludabas? Yo lo tengo tan fresco.

Vi al Panela y el Huachicol, quise abrazarlos y decirles… ¡Puta madre!, no había nada que decir… El Panela dormía, como siempre, con el cuerpo desparramado en la entrada de la Iglesia. El Huachicol lavaba un auto, aún tiene los moretones de aquella caída en la que se fregó el rostro, él fue quien le avisó a mi padre 15 días después de tu muerte.

Rocker, tanto que quiero decir. Decirte. Gracias por permitirme acercarme para saludarte, para darte un taco, para levantarte del suelo cuando el cuerpo envenenado por el alcohol no te lo permitía. Gracias por haberme picado esa curiosidad narrativa, por convertirte en el personaje de uno de mis relatos.

Esta noche, estos tequilas, porque no encontré mezcal en esta casa, es por ti.

Que esta noche lo último que se derrame sea una gota de alcohol.

Alma en crisis

Esta mañana al levantarme cargaba kilos de mierda y una alma en crisis. El dolor que me provocaba la enorme bola dura que era mi vientre me impidió moverme. Acuestas llegué al baño. Una hora estuve sentada, pujando, suplicando que no quedara rastro alguno de inmundicia en mí. Sólo obtuve un par de marcas rojas en las piernas y cientos de lágrimas que resbalaban sobre mis pálidas mejillas. Ojalá que con ir al baño bastara para deshacernos de la suciedad con la que nos levantamos cada mañana. Mi alma está intranquila, no halla la manera de desechar los kilos de mierda que he reunido en mi ser… quiere arrojarla, desgarrarse, limpiarse los restos, tirarlos a la basura. Sé que es un momento decisivo y lo único que quiero es cagar.