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#7: Dos rayos en el mismo lugar

«Simplemente no puedo imaginar lo que fue para esas personas ver su ciudad en ruinas», le dije a mi compañera de trabajo esa mañana que leíamos la prensa. Hace exactamente una semana; 32 años después del sismo que había marcado a la Ciudad de México.

Mientras las dos leíamos, ella me relató que a una de sus tías, aquel 19 de septiembre de 1985, el terremoto la sorprendió en el metro. Pasó los minutos en que cimbró la tierra en un túnel oscuro. Después, al salir, no sólo miró su ciudad cubierta por humaredas de polvo por los edificios que dejaron de existir; también vio en el suelo la construcción en la que trabajaba [en el centro de la ciudad]; sus compañeras perecieron ahí.

—Nunca lo superó —me dijo y las horas siguientes, de ese nuevo 19 de septiembre, fue una frase que se repitió una y otra vez en mi cabeza.

—Simplemente no puedo imaginarlo —me tragaría mis palabras.

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Dos horas y catorce minutos después del característico simulacro de las 11 de la mañana, justo para no olvidar el devastador 85, un nuevo rayo cayó en el mismo lugar. Volvió a sacudirse la tierra. 13:14. La silla de mi oficina, en un cuarto piso, me sacudió. «Está temblando», afirmamos todos y apresurados reproducimos la escena que ya habíamos practicado en el simulacro previo y la semana anterior [cuando pedimos al encargado de Protección Civil de la empresa que nos orientara sobre cómo actuar en un sismo, luego del temblor del 7 de septiembre].

«Si tiembla, no les dará tiempo de salir del edificio, por eso es importante que se replieguen en la zona de seguridad, en cuclillas, cubriendo su cabeza y contando: dice uno, dice dos; eso los calmara y entonces cuando el temblor termine, bajan por las escaleras, pegados a la pared y evitando lo que pueda estar en el suelo», nos guió el hombre de Protección Civil aquel 14 de septiembre en la charla.

Así lo hicimos en el temblor del pasado 19 de septiembre. Aquel extraño conteo no calmó a las 10 personas que nos resguardamos. Aún cuando convierto en puños las palmas de mi mano, siento lo apretones de quienes se sostuvieron de mí los segundos eternos que duró el temblor.

«Simplemente no puedo imaginar la ciudad en estos momentos», dije mientras bajábamos. Después, a las afueras del edificio intacto, cuando todos comenzaron a informar sobre los derrumbes en la colonia Roma y Condesa, la imagen que no podía imaginar dejó mi insulsa imaginación y se tornó en el retrato vivo y a todo color.

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Resultan  indescriptibles los minutos posteriores al sismo; las imágenes no son más que frases cortas unidas por puntos y seguidos. Cuarteaduras. Edificios derrumbados. Personas ayudando. Personas buscando con vida a sus familiares. Los gritos con la imperiosa necesidad de herramientas, de medicamentos. Los puños en alto exigiendo silencio. Los corazones galopando de la desesperación, la impotencia, del dolor. El alma simplemente afuera del cuerpo.

En todo eso pensaba luego de que me comuniqué con mis familiares y amigos, y emprendí el viaje a uno de los lugares más críticos y tristes —reportado a minutos del movimiento telúrico de magnitud de 7.1—: el colapso en la escuela Enrique Rébsamen, al sur de la ciudad. No se tenía el número exacto [y hasta la fecha no se ha dado a conocer] de niños que ese día acudieron al colegio y habían quedado atrapados. Niños de preescolar, primaria y secundaria enterrados entre los escombros. Ni siquiera en las páginas de periódico de 1985, que tanto he hojeado, leí algo similar. Todo el camino, que me pareció una eternidad, pensé en ellos y en los padres.

Llegar al lugar fue toda una odisea. La ciudad era un caos. Los gritos, la gente corriendo, las sirenas de ambulancia, el alma que se resistía a regresar a la materia del cuerpo, complicaron todo, pero cuando finalmente arribamos al sitio la primera imagen me destrozó el corazón: dos árboles inclinados sostenían un improvisado tendedero donde colgaban hojas de cuaderno con los nombres de los infantes; vivos, muertos o desaparecidos, aún no lo sabía. Hasta el momento se han reportado 19 niños fallecidos y ocho adultos.

Pasé más de dos horas de pie junto a dos hombres que aguardaban, en la valla humana a escasos metros de la escuela, el momento en el que se les permitiera relevar a los que adentro ya recogían escombros y buscaban a los niños.

Las escenas son vertiginosas: personas con bata pidiendo insulina y adrenalina; personas con cascos y chalecos pidiendo polines, palas; manos por todos lados transportando botellas de agua y alcohol; rostros desesperados por hacer llegar los menesteres a quienes los necesitaban.

Y de pronto miré el rostro desencajado de una mujer que me tocó el hombro, mientras yo pasaba gasas a un policía. La desolación de su semblante, los ojos sumidos y vidriosos; la voz quebrada permanentemente.

—¿No ha escuchado si han llamado a los familiares de Sergio? —me preguntó apenas sostenida en el cuerpo en el que no estaba.

—No. No he oído ese nombre.

La mujer se alejó. No volví a verla, no físicamente. Su caminar me dejó pensando que cada  «NO» era un segundo más sin su pequeño, un segundo más de la mezcla de emociones: la incertidumbre, la preocupación y la esperanza.

La noche empezó a caer y en ese momento un grito se volvió uno solo: focos, sockets, extensiones, plantas de luz. Todos llegaron. Pero ese día fue el más largo de muchos; la separación entre el día y la noche sólo la marcó la oscuridad.

Entre esas tinieblas la vi, a la mujer que ayudaba en el área designada para dar informes a los padres de los niños atrapados. Entró presurosa cuando hicieron pasar a un grupo de padres a las entrañas del derrumbe, y salió a cuestas, en brazos de un hombre que contenía el llanto. Las lágrimas de aquella mujer eran secas y transparentes, no tocaban su piel, sino su alma, pensé.

Y después vino un silencio prolongado. Se buscaba la vida. Un grito previo lo anunció. Por varios minutos los puños permanecieron en lo alto. Todos callamos. Los brazos y los cuerpos dejaron de hacer ruido. En ese momento escuché a mi corazón delator: un bum bum fuerte y largo. Podría asegurar que todos los ahí presentes, en esos segundos, en ese silencio desgarrador, sentimos y vimos nuestra imagen inimaginable del sismo.

Luego la nada.

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Conforme pasaban las horas, el anuncio de nuevos edificios colapsados era irremediable. La escena aunque siempre similar [la solidaridad con cuerpo y alma], también tenía sus particularidades: así lo viví en algunos de los edificios de la colonia Portales.

La temeridad de los voluntarios y rescatistas en el edificio de Emiliano Zapata y Petén. La desolación en Saratoga, donde vi a una familia, a escasos metros del edificio donde solían vivir a punto de caer. El primer piso había desaparecido y se presumía que una mujer de nombre Candy no había salido. Dijeron que se puso muy nerviosa y se inmovilizó. Los rescatistas intentaron dar con ella, pero no tuvieron éxito. Su hijo aguardaba a unos metros por ella, junto a la familia que observaba su edificio.

—Disculpe, ¿si tiene dónde pasar la noche? —le pregunté a la mujer de la familia, sentada en la banqueta, cuando en realidad ya eran los primeros minutos del 20 de septiembre.

—Sí, señorita, ya mero nos vamos —me dijo.

La observé un par de segundos mirar fijamente el edificio, quizá estaba condensando todas sus memorias de aquello que inevitablemente iba a desaparecer.

Ese día terminó para mí a las tres de la mañana del 20 de septiembre, luego de dejar atrás el olor a café y las imágenes del derrumbe de un edificio en Lindavista.

Así, cuando finalmente recosté el cuerpo sobre la cama, tuve miedo de cerrar los ojos y de que mi subconsciente liberara todas las escenas por las que decidí no sentir. Me abracé al cuerpo siempre tibio de mi novio y entonces me regresó el alma. Estábamos a salvo.

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A siete días de la tragedia, aún no tengo la imagen de mi ciudad en ruinas, y no porque no haya pisado ya todos los puntos donde hubo derrumbes de edificios, sino porque todavía no he podido verla así, en ruinas: desde que alguien se acercó a ayudar en los inmuebles colapsados, todo comenzó a reconstruirse. Ahora, simplemente no puedo imaginar la ciudad sin la movilización de los rescatistas y civiles que —en un acto de anarquía pura, sin la presencia del Estado— emprendieron las labores de rescate para levantar a los caídos y las ruinas.

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#2: La eternidad

tatuaje

No puedo precisar cuándo ocurrió; en qué momento el impulso se convirtió en una necesidad, en el fehaciente testimonio de que el olvido no existía y la eternidad era posible. Pero sucedió. Y enmarcamos la noche del cinco de enero de 2017 con nuestra intención y compromiso de hacer esto eterno. Los dos llegamos a la cita, nerviosos, dichosos. Creo que era el amor en su pureza máxima lo que había entre nosotros. Yo me podía mirar, transparente, en sus hermosos ojos, mientras que la felicidad carcomía mis entrañas. ¿Es esto posible?, me preguntaba para mis adentros. Tanta felicidad, ¿es posible?, no dejaba de cuestionarme en mis pensamientos. Elegir el modelo fue el reflejo de nuestras personalidades y de nuestra relación: las ideas, los intercambios, las discrepancias, los acuerdos. Porque si algo teníamos en claro era que nos sentíamos vivos y agradecidos de haber vuelto del infierno en el momento en que nos enamoramos y nos entregamos el uno al otro. Por eso, decidimos que fuera ALIVE la palabra [acompañada de un corazón] el primer trazo en nuestra piel, la que encuadrara nuestro amor. La eternidad que nos prometíamos, retando a las adversidades. Ese cinco de enero me sentía nerviosa, sí, tenía miedo del dolor de las agujas marcando con tinta cada trazo del tatuaje con el que vestiríamos nuestros brazos; pero era mayor la emoción y la felicidad que hacían palpitar con ímpetu mi corazón. Primero pasé yo; después él. Yo en el brazo derecho y él en el izquierdo. El objetivo era claro: cuando nuestras manos se entrelazaran y nuestros brazos se acariciaran los dos tatuajes se unirían, como nuestras almas y todo nuestro ser cada vez que nos amamos, cada vez que nos extrañamos y necesitamos, y también cada vez que nos desesperamos y nos lastimamos. Porque ser libres y revivir a causa del amor es la verdadera eternidad.

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#1: Año nuevo

No recuerdo desde cuándo inició la tradición; pero sin falta, los días previos al fin de año, yo me entregaba a la limpieza de mi habitación; la labor podía llevarme días: liberarme de todo aquello que ya no ocupaba o usaba, desde ropa, libretas de apuntes, juguetes [lo que sí recuerdo es que esto lo realizaba desde los años de la secundaria, porque un año tiré algunas de mis libretas de la primaria], lavar toda la ropa sucia, las cortinas, cambiar las sábanas de la cama y si era necesario pintar o hacer algunas remodelaciones [un año tapicé de azul cielo y de estrellas blancas las paredes]. Cuatro años puse en pausa la faena y este 2016 decidí retomarla. Había mucho periódico desperdigado, los libros desbordaban polvo y las horas previas al fin de año me encontré con varias prendas después de años de no vestirlas, porque esperaba el momento oportuno o bajar o subir un poco de peso. Así, toda la mañana, tarde y parte de la noche del 31 de diciembre de 2016 me la pasé limpiando. Para una obsesiva del orden, como lo soy, esto es liberador, placentero y terapéutico. Un día antes un resfriado me había tendido en la cama, pero no me detuvo. Mis padres me vieron tan concentrada que sólo me interrumpieron para despedirse de mí antes de emprender su viaje a Querétaro [donde celebrarían Año Nuevo con unos amigos y donde decliné ir]. A las 10 en punto, luego de alimentar a Lady, Tito y Roma [mis fieles acompañantes], tomar una ducha que supo a gloria y vestir mi pijama más afelpada, calenté la cena que mi madre amorosamente me dejó  y serví el vino que mi hermano y su esposa habían dejado en Navidad. Era la primera vez que pasaba la noche vieja sola. Al terminar los alimentos y la botella de vino, que acompañé con chocolates, almendras y cerezas, una fatiga me invadió y caí dormida frente al televisor donde ya se reproducía la selección de películas con las que despediría 2016. Desperté 10 minutos antes del cambio de año, por la música y los cuetes de mis vecinos. Lady, Tito y Roma ya me habían rodeado en la cama, los abracé cuando el reloj marcó el minuto final y el primer minuto. Luego nos arropamos bajo las cobijas, bajo el aroma a limpio: a canela y manzana del limpia pisos; a violetas de las sábanas. La luz que entraba por las ventanas sin cortinas nos arrulló. Para mí 2016 ya había terminado dos días antes. Justo en el momento en el que él me rodeó por la cintura y dejó de mirarme con sus profundos ojos tornasol los minutos en que me besó. Esa noche nuestras almas se amaron y fue en ese momento que comprendí que 2016 ya  había terminado; ya se había llevado lo que debía y me había dejado lo que necesitaba, sólo le faltaba un poco de orden a mi habitación.

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Sorda

Veinticuatro horas tuve un ruido clavado en mi oído izquierdo. Sucedió de repente. Estaba en clase, escribiendo unas líneas, cuando un hueco profundo arruinó mi audición.

Y empecé a escuchar ecos que apenas retumbaban. Intenté hablar quedo porque sentía que gritaba. Ni mi voz alcanzaba a oír. Lo peor es que mi nariz también se tapó y me dejó una voz gangosa.

El vacío. Sentía un vacío subterráneo que escarbaba desde mi oído y llegaba hasta cada parte de mi ser. Entonces, ocurrió. Escuché mi interior. Las tripas revolviéndose, hambrientas, y el ruidoso palpitar de mi corazón. Toqué mi pecho: con mi mano lo sentía agitado, pero con mi oído tapado apreciaba cada golpeteo.

Creí que viviría el resto de mis días escuchando los ruidos de mi interior; pero así como vino el silencio vino el estruendo.

Estaba sola en casa. Afuera reinaba el silencio. Adentro el ruido estallaba. Mi abuela llegó del hospital. Apenas me enteré que lleva días enferma y sin comer. Ni pizca de la fortaleza y dureza que siempre tuvo.

Me recosté a sus pies. Ahí estábamos las dos, haciéndonos compañía. Las dos gritábamos para escucharnos. Las dos estábamos sordas.

–¿Qué te he hice? –Dijo entre quejidos.

No sabía a qué se refería.

–Estás enojada conmigo. Te pasas de largo. Ni me saludas –explicó con los ojos llorosos.

Me sorprendió su aseveración. No estaba enojada. Muchas veces no he estado de acuerdo con su forma de ser y actuar; quizá sea porque ella tiene 85 años y yo apenas 61 años menos que ella. La educación, la forma de ver la vida nos distancia.

Pero no tengo nada en su contra. Me cuidó cuando yo era niña, junto con mi tía Marivel y mi abuelo Amado. Siempre me consintió. Fui la envidia de mis primas porque mi abuela tenía consideraciones conmigo. Me compró el vestido de quince años y mis anillos de graduación.

Siempre va a mi cuarto, cuando llevo horas frente a la computadora. Lo hace sigilosa, procura no interrumpir y me dice que trabajo mucho, que descanse un poco.

Ahora, la vida le ha pesado. La soledad más. Mi abuelo tiene 15 años muerto. Y ella lo extraña. Se siente sola. Piensa que nadie la necesita ni quiere. Yo he sido distraída. Cuando llegó a casa es noche y ella duerme, y por la mañana salgó a prisas que sólo digo adiós.

Piensa que estoy enojada porque hace días que no le beso la mejilla como lo hacía a diario cuando llegaba de la escuela. Porque hace meses que no platicamos, ni le pido que me cuente las historias de cuando era joven, cuando se enamoró del abuelo.

Le dije que no estaba enojada, que sólo estaba viviendo. Que disculpará mis descuidos. Me acarició el cabello, mientras le sobaba las piernas.

Vi sus ganas de morir. Se quejaba aunque nada le dolía.

Y entonces el oído se destapó.

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El refugio

Los escobazos que recibe lo mantienen pegado contra la pared. Intenta recobrar el equilibro para caminar hacia su hogar. Quiere dormir y olvidar los insultos.

Tras el tambaleo de la peda, la calle le pertenece. Su hogar es ese rincón desolado al que llega todas las noches en compañía de su inseparable anforita de mezcal. La plancha de cemento es su refugio.

Entre los amplificadores y micrófonos se acomodan el Panela y el Huachicol. Sus dos compas de trago eligen el camión del Sonido Max. El Rocker prefiere alojarse entre las llantas. Sus fantasmas no le permiten dormir con la sensación de encierro.

El trozo de cartón se convierte en la cama. El frío, la basura, el perro que lo vigila, son la principal decoración de su dormitorio.

El Rocker desde hace diez años se mantiene preso en las calles. Da la apariencia de un retrato: una camisa amarillo percudido y un pantalón de mezclilla al que la suciedad que se le ha adherido. Las canas comienzan abundar, el corte al estilo disparejo, como si la peluquera en un arranque de locura se lo hubiera tijereteado.

Luce deteriorado, no deja de toser y menos de escupir insultos a quienes osan verlo con desprecio. Se aleja con cada trago que le da al jarrón de alcohol que se empina con desesperación.

Se sumerge en su mundo para pasar el día sentado en el escalón de la accesoria comercial que hace tiempo no se renta. Ve pasar la vida. De pronto, hace un mandado para el taco que le exigen las tripas, o por la necesidad de otro trago.

Si nadie lo molesta, es el más silencioso y a veces sonriente. Pero también, el más violento. Se golpea, grita, empuja, amenaza.

La noche pasa lentamente. Se levanta con los rayos del sol entrando por los huecos que hay entre los cuatro ejes de las llantas. Desmonta su casa. Dobla el cartón y lo esconde algún agujero, se relame con saliva el cabello, se sacude el polvo y camina con única dirección: Una “marrana”, aquel barril que por su redondez se ha convertido en el acompañante principal para ver, junto al Panela y el Huachicol, pasar a la gente de largo.

El cartón y la calle son los únicos que le aguardan, esperan que el alcohol le permita llegar a dormir esa noche a su pequeño refugio.

A Rocker
Mayo, 2010.

¡Salud!

Esta noche pase junto a tu refugio. Quise encontrarte. Fue inútil….

Justo hoy mi muñeca izquierda no está desnuda. De nuevo cuento el tiempo. No vaya yo a perderlo. Uso mi reloj. Y al mirarlo lamento tanto los pocos minutos que estuve contigo la última vez que te vi. Lamento enterarme hasta ahora de tu muerte. Me hubiera gustado llevarte una flor. No, la verdad no. Odio los sepelios, justo por las flores. Mira qué crueldad regalarte vida cuando mueres, o matar para alegrarte la muerte. Pero me hubiera gustado verte en tu nuevo refugio, llevarte aquel cartón, o una “marrana” desbordando mezcal… para decorarlo, para que te sientas en casa…

¿Recuerdas las veces que desayunamos juntos en aquel improvisado comedor? ¿O cuando me veías en la calle y con tu cuerpo a cuestas me saludabas? Yo lo tengo tan fresco.

Vi al Panela y el Huachicol, quise abrazarlos y decirles… ¡Puta madre!, no había nada que decir… El Panela dormía, como siempre, con el cuerpo desparramado en la entrada de la Iglesia. El Huachicol lavaba un auto, aún tiene los moretones de aquella caída en la que se fregó el rostro, él fue quien le avisó a mi padre 15 días después de tu muerte.

Rocker, tanto que quiero decir. Decirte. Gracias por permitirme acercarme para saludarte, para darte un taco, para levantarte del suelo cuando el cuerpo envenenado por el alcohol no te lo permitía. Gracias por haberme picado esa curiosidad narrativa, por convertirte en el personaje de uno de mis relatos.

Esta noche, estos tequilas, porque no encontré mezcal en esta casa, es por ti.

Que esta noche lo último que se derrame sea una gota de alcohol.

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Ya vamos a llegar

No supo en qué momento los pasos apresurados se volvieron zancadas. Sujetó con fuerza su bolsa; intentó aferrarse al instrumento que consideró su única protección. Un calorcito interno se apoderó de ella. No volteó atrás.

Minutos antes caminaba ensimismada, sumida en sus pensamientos. La calle vacía parecía interminable. De pronto la abstrajo de golpe aquella voz masculina: “Qué linda te ves, nena”. Miró de reojo al hombre que desde un automóvil le hacía una seña indescifrable.

Camino más aprisa y mientras intentaba huir, escuchó el motor echado a andar. El miedo la consumió. Deseó conocer mejor el lugar, encontrar un atajo; ver a alguien a quien pedirle ayuda.

Al llegar a la avenida, decenas de motores la confundieron. Se sintió mil veces perseguida. Aterrada. El viento helado le secó las lágrimas; las viejas, las nuevas. El corazón le iba a estallar, por esa desesperación que se le metió hasta los huesos. Sus piernas ya no podían andar más, estaban entumiéndose. Le faltaba oxígeno.

Se detuvo porque se topó con el semáforo en rojo. Con un vistazo intentó observar si el auto —¿blanco o plateado? No lo recuerda bien— no estaba cerca. Respiró hondo para recuperarse. Creyó no ver nada.

“Ya vamos a llegar. Ya vamos a llegar”, intentó tranquilizarse. Recuperarse. Y mientras esperaba la luz verde vio como un auto se pasó del carril de alta al de baja, justo a donde estaba ella, en un movimiento veloz que apenas le permitió replegarse a la pared.

Una pequeña luz salió de la venta del copiloto. Hizo una curva y le rozó el brazo derecho para estrellarse con el suelo. Una colilla aún encendida. Le gritaron algo que no pudo escuchar y arrancaron.

Paralizada. Una estatua. La luz verde la hizo reaccionar. Avanzó sin saber si sus pasos eran suyos. Hasta que una mujer, al otro lado de la avenida, le preguntó la hora.

—Creo que son las ocho —respondió sin mirarla y se dirigió despacio hacia el transporte que la llevaría a casa.

Al subir, se sentó en el rincón. A través de la ventana, miró las estrellas que esa noche no estaban en el cielo. “Bum-bum”, aún rugía su corazón; le punzaban las venas. Le saltaba el pecho. Le salían con violencia los gritos de los ojos.

Echó un vistazo y se encontró rodeada de ocho hombres. El bum-bum se aceleró de nuevo; pero la voz del conductor la calmó: era una mujer. Se sintió protegida, aunque los varones eran mayoría.

Esa noche, no confió más en nadie. Ni en ella misma. Llegó a casa con el corazón doblemente destrozado.