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#5: Mis días sin ti

Para Gabriel. 

Día 1. No sé cuál considerar como el primer día en que no te tengo y ya te extraño. Aquellos tres días seguidos de mis vacaciones, o los cuatro que le siguieron por el proceso electoral y tuviste que viajar a Nayarit; o al primer día con el que se iniciaría la suma de 15 en los que estarías en Centroamérica. No sé cuál es el día uno, todos me saben igual: una combinación de añoranza, por saberte tan lejos [físicamente] de mí, y de felicidad, por saber que no estás tan lejos en realidad [no físicamente], por sentir tu amor en cada texto que me envías, en los teamos, en experimentar la necesidad de sentir tu respiración erizando mi piel. El día uno es todos al mismo tiempo. Porque cada mañana es un nuevo día sin ti.

Día 2. “Simplemente enamoradísima”, escribí y publiqué la frase en mis redes sociales. Así me sentí en el ocaso de tu partida, así me dejaste con el sabor de tus besos apresurados y húmedos, justo el día que cumplíamos siete meses juntos. Así me sentí las horas consecuentes: feliz, dichosa, radiante. Te extraño como nunca, como siempre.

Día 3. Hoy vestí de rojo mi sonrisa, como una forma de anhelo. Me encantaría dejarte el colorete en tus labios y ver el gesto que haces porque se quedan marcados con mi labial. Sé que no te gusta y constantemente amenazas con regalarme uno indeleble; pero lo cierto es que a mí me encanta verlos un poco rosados después de que te estampo mis besos. No sabes lo sensuales y apetecibles que me resultan.

Día 4. Me he despertado perturbada. Una pesadilla alteró mi sueño. No te he contado de un fantasma que en noches recientes me ha visitado frecuentemente en mis sueños. Es un ser que siempre consigue que te alejes de mí y el hueco que ese dolor me provoca me deja con una sensación de vacío que me dura por horas; cada que eso pasa el llanto me desborda.  

Día 5. Hoy vi de nuevo Juana “La loca”, una película española sobre la historia Juana I de Castilla, apodada “La loca” por su amor desbordado [incluso enfermizo] por Felipe “El Hermoso”. Hay muchas lecturas que tengo al respecto, pero una que pensé ahora, ahora que siento que te amo con tanto frenesí, es que Juana estaba desesperada porque no era correspondida en su amor. Siempre su historia me da mucha tristeza, pero esta vez creo que la comprendí un poco mejor: ella no estaba loca porque Felipe fuera hermoso y codiciado por otras mujeres; no, Juana se vuelve loca porque no había ni un ápice de correspondencia, de amor, de pasión hacia ella. Y entonces pensé que mi amor desbocado hacia a ti es tal porque me siento inmensamente correspondida y eso también puede volver loco a uno: por tanta felicidad y dicha.

Día 6. En el viaje a casa te pensé mucho, pero debo reconocer que disfruté de la compañía de mi padre. Platicar con él siempre me da paz, de todo tipo. Él me conoce tan bien que sabe como alegrarme más de lo que estaba ese día. Así que en este viaje me hizo sonreír mucho y al final del trayecto remató: “Hicimos menos que Gabriel, ¡eh! Corre a llamarlo”. Y eso me llenó aún más de felicidad.

Día 7. Cada que alguien se vislumbra por la puerta de mi oficina, no puedo voltear a ver si no eres tú el que furtivamente has venido a verme un par de segundos, para sonreírme, para darme un beso discreto. En las ocho horas que estuve sentada frente a la computadora conté a 50 personas que desee que fueran tú.

Día 8. Todo el camino a casa estuve ideando las fotografías que te enviaría. Me sentí ilusionada de sólo pensar en la forma en que colocaría la cámara, la luz; traté de pensar en cómo ves tú a través de la cámara cada vez que piensas y concretas una toma. Me sentí tan unida a ti: en la forma en que cada uno, desde sus trincheras, construye sus escenas, sus historias.

Día 9. Hoy practique un maquillaje distinto en los ojos. Usé una sombra más oscura. Me costó mucho trabajo, seguro te habrías reído de mí [como yo lo hice de mí misma] por tanto rollo al momento de colocar la sombra. Lo hice pensando en verme linda cuando volvamos a vernos; pero aún me falta mucha práctica.

Día 10. Me desbordó la alegría cuando te conté de la boda en Oaxaca y cómo de inmediato iniciaste el itinerario. Amo que, dentro de todo, tengamos en mente viajes y destinos a los que quisiéramos llegar más pronto de lo que podemos. Esas ilusiones nos han mantenido muy vivos.

Día 11. Hoy simplemente fui feliz todo el día por sentirme amada.

Día 12. Me duele saberte desconcentrado o triste. Una especie de desesperación me acomete por ese simple sentimiento. ¿Cómo hago para revertir tu sentir? ¿Para que te pese menos la carga que lleva? A veces, no sé cómo, lo logró; y otras no sé qué tanto. Pero quiero que sepas que somos dos y somos uno en la buenas y en las malas, y siempre voy a estar para ti.

Día 13. Elegí lencería de encaje para recibirte. Espero que te guste, porque cuando la compré mi principal impulso fue imaginar tus rostro cuando me vieras, cuando me la quitaras y volviera a pertenecerte.

Día 14. Amor mío, hazme tuya para siempre.

Día 15. Día cero. El fin de la espera. El inicio de todo.

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#4: Lady

Llevo un tiempo intentando escribir estas líneas. Para ser precisa 45 días. Pero hoy, simplemente, brotaron. Quizá han sido los largos paseos matutinos con Roma y Tito los que me han fortalecido y me han hecho al fin escribirte, mi Lady.

Ay, Lady, ¿recuerdas que cuando te conocí, aquel octubre de 2011, te tenía miedo? Cómo pude siquiera experimentar esa sensación cada vez que te acercabas a olfatearme, si siempre lo hacías delicada y discreta, y por eso en cuestión de días te ganaste mi corazón y te convertiste en el primer perro al que he amado.

Todos los días te pienso y recuerdo muchas de nuestras postales que enmarqué en la memoria. Fui muy afortunada por los más de seis años que disfrute de tu compañía. Todos creían que habías estado conmigo desde que naciste, hace quizá 15 años, porque tú no eras mi mascota, Lady, eras mi compañera.

Fuiste mi ancla a la vida, cuando me consumía en un infierno que nunca pensé que viviría y del que saldría avante. Por ti, por Tito y por Roma era por quienes luchaba cada mañana. Me enseñaste a ser una guerrera, como tú misma lo eras, aferrándote a la vida; primero, cuando quedaste preñada y vino Roma; después, cuando te quebraste la pata y tú misma te quitaste el yeso; cuando tus cervicales quedaron dañadas de aquella caída de las escaleras y tuviste que usar collarín; cuando se presentó el tumor que descubrimos en mi cumpleaños número 28, en aquel viaje en que recorrimos las calles de Ciudad Laredo, y cuando te enfrentaste durante un mes al mal que ya no pudimos derrotar.

Ay, Lady, fuiste una guerrera y por eso supe muy bien cuando ya no podías con la batalla. Esos días estuvimos más unidas que nunca. Aquel día, una semana antes de aquel 15 de abril en el que pude abrazar tu último respiro, fue el día más difícil al que me he enfrentado, cuando tomé la decisión más dolorosa de mi vida, pero también, creo, la más sabia.

Lady era tu ladrido cada vez que llegaba a casa, tu lengua indomable en cada beso, tu dominante inocencia, esa dulzura cuando me mirabas cuando cantaba, bailaba o lloraba, cuando permanecías silenciosa a mi lado mientras me arreglaba, lo que más extraño. No te voy a negar que los primeros días posteriores a tu partida, Roma, Tito y yo te extrañamos, aunque en aquel último paseo que realizamos los cuatro te prometimos que no estaríamos tristes.

Tito y Roma lo han cumplido mejor que yo, y me han ayudado cómo no tienes idea. Hoy, precisamente, en una caminata que tuvimos de casi dos horas, escalamos un cerro y al llegar a la cima sentados miramos el horizonte, dejamos que el viento nos pegara en la cara y, en mi caso, secara mis lágrimas. Y te sentí con nosotros. Fue un sentimiento que me destrozó, pero que me refrendo el amor y el agradecimiento.

Lady, gracias por dejarme a Roma, el remolino de cachorra que tuviste, y a Tito, tu fiel amado. En ellos sigues viva, y en mi corazón y en mis pensamientos por siempre.

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#3: Cien años de El Ilustrado

Hoy tenía que escribir de usted, señor Sotres. Hoy, irremediablemente, usted vino a mi mente por distintas razones (como porque estoy leyendo un libro que habla de Carlos Madrazo, ese personaje del que tanto nos contó), pero sé que lo he pensado porque hoy que se cumplen 100 años del nacimiento de aquel semanario cultural que usted tanto amó y del que tanto nos enseñó a quienes como files ratoncillos de hemeroteca hemos resguardado —o eso hemos intentado—: El Universal Ilustrado. ¿Sabe? Creo que por usted fue que me enamoré de esa revista; usted me enseñó su valía. Recuerdo con precisión el momento: yo estaba en silencio en mi computadora y usted, en el aparato al lado mío, comenzó a contarme sobre los escritores que ahí publicaban; esas plumas poco conocidas que hacían arte con sus letras. Desde ese momento siempre lo escuché [junto con Aída] atónita. Ahí fue cuando empezamos a conversar: mientras usted consultaba los tomos de El Ilustrado de los años 20, yo le creaba los documentos donde vaciaba las referencias, las citas. Esos escritos suyos los conservo como un tesoro; de vez en cuando los hojeo para encontrar el oro molido del que tanto nos hablaba. ¿Recuerda la vívida charla sobre Martín Luis Guzmán? Yo recuerdo como un día al llegar al trabajo encontré debajo del teclado de mi computadora la nota para que buscara un artículo de Guzmán en El Ilustrado. ¡Qué maravilla! Cada vez que hojeo esos periódicos viejos lo recuerdo y extraño como nunca a las personas que ya no están en esta hemeroteca, como usted, y me doy cuenta de lo sola que a veces me siento en esta morgue de papel, sin nadie con quien conversar ni con quien compartir todos esos hallazgos. Justo hoy, en el Centenario de este suplemento cultural, lamento tanto que aquel proyecto que con tanta dedicación hizo para impulsar la investigación y el rescate de El Ilustrado nunca encontrara eco en este periódico de circulación nacional, sobre todo lo lamento porque quienes aún estamos no podemos pelear la batalla que dejó inconclusa, porque tenemos que sortear otras en las que se nos dice que “hagamos investigación de verdad”, como si sumergirnos en los diarios viejos no arrojara magia. Pero, sobre todo, sepa por favor, señor Fernando Sotres, que cuando Aída y yo nos enteramos de su muerte no encontramos mejor manera de honrarlo que recordando todo lo que nos contó y enseñó; como aquella última charla en el café La Habana, donde por vez primera nos contó de su vida personal. Hoy me habría encantado compartir con usted este Centenario y que en una charla con café hubiéramos recreado aquel 11 de mayo de 1917, donde hubiéramos imaginado cómo las rotativas fueron entintando el papel y dando forma a las primeras páginas de El Ilustrado, el cual se engalanó con el reportaje de Xochimilco con las grandiosas fotos de Carlos Muñana… Por eso hoy, señor Fernando, le agradezco mucho por tanto conocimiento y tantas pistas.

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Un zumbido

Nueves días después de que tus restos yacían en aquel ataúd frente al cual vi derrumbarse a la inquebrantable de mi madre, abrí el documento. Quería escribirte unas líneas. Dedicarte unas palabras. Que supieras que el día que te enterramos no hubo brazos que pudieran sostenerme. Que cuando soporté el frágil cuerpo de mi madre, contuve como nunca el llanto. Que cuando nos miramos, tu esposa y yo,  a través del espejo del baño de aquel velatorio, lamentamos no mirar más tu entusiasmo por estar a los 40 años estudiando una licenciatura en la facultad, que fue nuestra, en esa indomable Ciudad Universitaria.  Que escribí y borré, reescribí y volví a borrar. Que a pesar de estar llena de palabras no podía expulsarlas.

Nueve días después de tu muerte, lo abrí porque antes tuve miedo de que mis palabras estuvieran cargadas de reproches. De egoísmo y de pensamientos concentrados en el dolor. Y echarte en cara tu ausencia.

Y por eso permaneció en blanco 20 meses. Porque en mí no había comprensión. Porque no sentía lo que tú, lo que te puso en esa habitación, en ese momento crucial. Porque uno no es  capaz de ponerse en los zapatos del otro. Quién se pone en el lugar de quien decide acabar con la vida. Cómo sentir tan fidedignamente ese impulso de querer destruirlo todo. De tener la valentía de ser nuestro propio terremoto. Derrumbar todo y aplastarnos con toneladas de escombro. De saber que la finalidad es que no suene ninguna alarma de advertencia para que nadie nos rescate,  para que nos encuentren sin nada que hacer por nosotros, porque pensamos que ya no hay manera de salvarnos.

Sé que preguntarte es inútil, que mis palabras no te tocan, que no habrá respuestas. Quizá, antes de esa noche hubieran hecho algo. Ahora, ahora sólo sirven para mí, para mi liberación. Para decirte que te extraño y que hoy ese documento dejó de ser blanco porque quiero escribirte, decirte que me siento confundida y para que sepas que sin conocer tus razones, comprendo con claridad ese contundente impulso de ser el propio terremoto.

Me avergüenzo.

Porque pensé en la muerte. Qué lamentable fue pensar sólo en eso. Me vi incapaz de soportar una vida así: destrozada, siendo quien nunca pensé.

No repudié la vida. No. Me repudié a mí misma, como nunca.

 

Has sido mi recuerdo más recurrente. Tanto he querido preguntarte. Tantas especulaciones poco certeras sobre ese momento, sobre aquel viernes 24 de septiembre del 2010 en que dejaste de respirar.

Por favor, permíteme, hoy, con estas palabras ser ese zumbido. Déjame creer que puedo salvarte aunque estés muerto, que asesinar no es la única solución, para hallar la manera de salvarse.

Escúchame. Haz a un lado las píldoras y el tequila. Sí, siéntelo. Sí.

Detente…

Y no mueras.

A ti,  tío Alfonso
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Aprendiendo de una gran mujer

Quiero hacer el amor el día que te vayas. Es la mejor manera de despedirme. Porque eso es lo que siempre has hecho. Actos de amor.

Has regido tu vida por el amor que les tienes a los otros. A tu esposo. A tu madre. A tu familia.

Cuando tenía 12 años, en todas mis memorias estabas tú. Cómo no iba a ser así, si siempre estaba pegada a ti. De alguna manera fuiste mi madre y mi amiga.

Me encantaba mirar cómo te maquillabas; me abriste el mundo de la coquetería de una manera tan sencilla y natural. Nada de poses. Lucir hermosa con lo que uno tiene.

Debes pintar la base de esta manera para que los ojos tengan más luz. Este tipo de brasier te ayuda a que no te veas tan plana…

Junto a ti, todo ha sido aprendizaje.

Me convertí en modelo a los seis años para lucir aquellos vestidos que habías confeccionado, cuando decidiste que una máquina de coser, una cinta métrica y unas tijeras, serían parte de ti.

También me toco ser tu conejillo de indias para que practicaras conmigo los cortes y peinados que habías aprendido en el Colegio de Belleza.

Me dejaste con tanto…

Me estaba convirtiendo en una mujer, cuando te fuiste. Un mes antes de tu partida, sangré por primera vez. Recuerdo que me explicaste de las toallas femeninas.

“Quién me aconsejará ahora que no estés”, pensé.

No lo sabes, pero me dolió mucho tu ausencia. Te extrañé mucho.

Cuando mi abuelita quiso tirar y regalar tus cosas, a hurtadillas rescaté algunas. Era una manera de conservarte, y de regresártelas cuando volvieras. “¿Porque volverá, verdad, pa’?”, le pregunté a mi padre un par de veces.

Era aún pequeña para entender las razones por las que te ibas. No te lo reproché. Crecí con tu recuerdo. Admirando quien eras. Y ni el dolor de tu partida me hizo cambiar mi visión de ti.

Ahora, a mis 23 años, he entendido tus razones. Justo ahora son muy claras. Y me siento tan orgullosa de tu actuar. Decidiste hacer tu vida. Arriesgarte, a no sé a cuántos peligros, por amor. Luchaste. No te diste por vencida. Y eso es lo que siempre te he admirado, tía.

Y lo haces de nuevo. Porque no se puede hacer de otra manera.

No me alcanzan las palabras para expresarte la gran mujer que eres. Lo afortunada que me siento de que seas parte de mí y de mis memorias.

Hace 15 meses que volviste, después de saber de ti por 10 años sólo con tu voz a través del teléfono, me estremeciste con ese abrazo. No pudimos evitar las lágrimas. Se volvieron a encontrar la chiquilla de 12 años con la tía que se iba detrás del amor.

Este tiempo me ha sido insuficiente para aprender más de ti, para aprovechar el tiempo contigo. He crecido. Quiero realizar mis sueños. Y también lucho por el amor. Pero sé que ambas disfrutamos los momentos que pasamos juntas. Y eso se suma a mis memorias viejas. Ahora tengo más recuerdos de ti con los cuales mantenerte conmigo.

Te extrañaré como aquella vez. Pero, ten la certeza de que ahora tengo todo claro. No desapruebo tus decisiones. Las admiro. Eres una mujer valiente y entregada. Y eso nadie te lo podrá quitar, no lo olvides.

No tengas miedo. No cargues culpas, no esta vez. No agaches la cabeza. No te arrepientas de tus acciones. No estás actuando mal. Cuando uno actúa siguiendo sus convicciones, sin traicionarse, no está procediendo erróneamente. No mires atrás. Sigue de frente. El pasado y quienes te queremos no dejaremos de existir ni de quererte porque camines el sendero que elijas. Si decides regresar, aquí estaremos.

Aquí estaré.

Me siento orgullosa de que vayas una vez más por lo que quieres, como la primera vez.

Tu mejor enseñanza ha sido ésa.

Con todo lo que explota en los ojos, estas líneas son para ti, Marivel