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Un día inolvidable

Les voy a contar sobre un día inolvidable. El día de mi cumpleaños 31.

El 24 de enero, hace exactamente tres meses, había decidido romper la tracción que fundé en mi onomástico número 28 (celebrar con un viaje fuera o al interior del país), por cuestiones financieras tenia en mente una celebración más sencilla junto a Gabo.

Nunca imaginé que este cumpleaños se volvería inmejorable.

Gabo me había dicho que aunque no viajáramos, sería igual de maravilloso como el del año anterior, en el que habíamos conocido Cuba. Así que —luego de un proceso arduo de convencimiento de su parte— acepté que cenáramos en el restaurante Alfredo Di Roma, en el hotel Presidente InterContinental. Él llevaba meses queriendo llevarme; yo no quería que gastara tanto.

Los detalles de aquella noche los tengo grabados: cuando nos encontramos en el lobby; los abrazos y besos cumpleañeros; los deliciosos platillos que comimos, que saciaron a mi tragona interna; el vino con el que brindamos. Yo estaba feliz, radiante. Recordé mucho la cena de mi cumpleaños en La Habana; los momentos junto a Gabo siempre son memorables. De pronto, me interrumpió en la charla:

—¿De verdad te quieres casar conmigo, Ketzalli? —me preguntó directo. Yo le sonreí y lo tomé de la mano. Justo un par de semanas atrás yo había sido la que lo había interrumpido en una conversación: “Estuve pensando y ya comencé a armar mi Excel mental, y creo que podríamos casarnos en 2021”, le solté la bomba. Él me abrazó y besó con ternura.

En los dos años que llevamos de relación ya habíamos hablado muchas veces de vivir juntos, de cómo imaginábamos nuestro hogar, nuestro futuro, de casarnos. Yo siempre había sido la que más me resistía al tema del matrimonio, pero me ilusionaba mucho. Un día me sorprendí siguiendo en Instagram a una diseñadora de vestidos de novia española; debo reconocer que ya me enamoré de varios atuendos. Y entonces me permití vivir eso, sentirlo. De pronto, de la nada, estábamos Gabo y yo —continuamente y en los momentos más inesperados— hablando del lugar para la boda, ¿jardín o salón?, cuántos invitados, sólo por el civil, y los largos etcétera. Hasta principios de 2019, cuando con mi orden característico le lance mi planeación.

—Claro que quiero casarme contigo —le respondí y sonreímos. Tengo en un recuadro mental esa postal: su rostro, sus gestos, su amor.

Aún así con todas esas señales, no imaginé lo que vendría después.

Ante mi incredulidad aparecieron nuestros padres. James, mi padre, entonaba las mañanitas, mientras los meseros acercaban un platillo que yo creí sería un pastel con velitas.

El pastel no era pastel, sino un estuche con un anillo con el que Gabo no sólo me pedía que nos casáramos, refrendaba su amor y compromiso conmigo. Él me ha dicho que el anillo que ahora viste mi dedo anular izquierdo es un recordatorio de lo que queremos y estamos construyendo, pero no un grillete para ninguno.

A veces su seguridad me apabulla, debo reconocer; pero también me hace sentir respetada, amada, enamorada y libre.

Yo solté en llanto. Lo abracé con todas las fuerzas que mi ser tenía y al oído le dije que sí. “Sí, sí quiero casarme contigo”, luego lo besé. Mi cuerpo temblaba de emoción, de incredulidad. Los meseros que nos rodeaban comenzaron a cuchichear: “¿Qué le dijo?”. Yo los miré y con una sonrisa les respondí: “¡Le dije que sí!”.

—El plan de 2021 sigue en pie —me dijo después con esa sonrisa coqueta que me enloquece y esa profundidad en su mirada que me enamoró; esos ojos que me resultan hermosos cada vez que los miro de frente y me regalan el mundo.

Aún recuerdo con exactitud la vez primera que lo miré así directo: fue en octubre de 2016, le tomé el rostro, lo dirigí directo a mí, le pregunté algo, y morí de ganas de besarlo, pero su mirada lo eclipsó todo. Era la primera vez que me sentía tan arrojada, luego de que muchas veces me dije que el amor ya no era para mí.

También recuerdo la vez primera que él me miró de esa forma, como lo hace todavía, cuando me escucha, cuando me ama, cuando se vuelve mi soporte y pacientemente me demuestra todo el amor que le explota.

Si Gabriel y yo estamos parados en este escenario hoy, es porque hay una admiración mutua, porque hemos cimentado nuestra relación en el diálogo constante. Sé que para él ha sido más complicado descifrarme, y por eso agradezco infinitamente su trato paciente y amoroso. Creo que hemos sido maduros y muy respetuosos y solidarios de los procesos que cada uno ha tenido que vivir y eso nos ha fortalecido enormemente. No hay un solo recuerdo en el que no lo vea impulsándome, apoyándome. No hay un recuerdo en el que no lo vea esforzándose por ser un hombre mejor. Soy afortunada de que la vida nos cruzara, de ahora tener su compañía y su amor. Yo lo amo como nunca he amado a alguien y quiero vivir intensamente lo que venga junto a él y con él. No tengo dudas.

Estoy emocionada, arrebata. A veces impaciente. A veces decimos que falta mucho, a veces que es poco tiempo. Sé que Gabo y yo queremos bailar a nuestro ritmo, y eso es lo más importante para ambos.

Y pues por eso les comparto esta dicha que me desborda, que moría por compartir. Nuestra boda será el 24 de abril de 2021. Decidimos que sería en un día 24 en referencia al día de mi cumpleaños; en el año 21, en referencia al día de cumpleaños de él, y en el mes de abril para enmarcar los cuatro años que llevaremos como pareja: 24/04/21.

Ya tenemos nuestra app de planeación de la boda; gracias a él que me ha ganado con eso. Y cada que podemos nos compartimos ideas, imágenes de lo que vamos imaginando. Yo ya tengo a mis damas, a algunas ya les dije, a otra aún me falta. Ya he empezado un diario, luego les iré compartiendo las historias.

Amigxs, ¡ME VOY A CASAR!

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Autor:

¿Que si escribo? No, imagino que lo hago.

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