Publicado en Carta

#4: Lady

Llevo un tiempo intentando escribir estas líneas. Para ser precisa 45 días. Pero hoy, simplemente, brotaron. Quizá han sido los largos paseos matutinos con Roma y Tito los que me han fortalecido y me han hecho al fin escribirte, mi Lady.

Ay, Lady, ¿recuerdas que cuando te conocí, aquel octubre de 2011, te tenía miedo? Cómo pude siquiera experimentar esa sensación cada vez que te acercabas a olfatearme, si siempre lo hacías delicada y discreta, y por eso en cuestión de días te ganaste mi corazón y te convertiste en el primer perro al que he amado.

Todos los días te pienso y recuerdo muchas de nuestras postales que enmarqué en la memoria. Fui muy afortunada por los más de seis años que disfrute de tu compañía. Todos creían que habías estado conmigo desde que naciste, hace quizá 15 años, porque tú no eras mi mascota, Lady, eras mi compañera.

Fuiste mi ancla a la vida, cuando me consumía en un infierno que nunca pensé que viviría y del que saldría avante. Por ti, por Tito y por Roma era por quienes luchaba cada mañana. Me enseñaste a ser una guerrera, como tú misma lo eras, aferrándote a la vida; primero, cuando quedaste preñada y vino Roma; después, cuando te quebraste la pata y tú misma te quitaste el yeso; cuando tus cervicales quedaron dañadas de aquella caída de las escaleras y tuviste que usar collarín; cuando se presentó el tumor que descubrimos en mi cumpleaños número 28, en aquel viaje en que recorrimos las calles de Ciudad Laredo, y cuando te enfrentaste durante un mes al mal que ya no pudimos derrotar.

Ay, Lady, fuiste una guerrera y por eso supe muy bien cuando ya no podías con la batalla. Esos días estuvimos más unidas que nunca. Aquel día, una semana antes de aquel 15 de abril en el que pude abrazar tu último respiro, fue el día más difícil al que me he enfrentado, cuando tomé la decisión más dolorosa de mi vida, pero también, creo, la más sabia.

Lady era tu ladrido cada vez que llegaba a casa, tu lengua indomable en cada beso, tu dominante inocencia, esa dulzura cuando me mirabas cuando cantaba, bailaba o lloraba, cuando permanecías silenciosa a mi lado mientras me arreglaba, lo que más extraño. No te voy a negar que los primeros días posteriores a tu partida, Roma, Tito y yo te extrañamos, aunque en aquel último paseo que realizamos los cuatro te prometimos que no estaríamos tristes.

Tito y Roma lo han cumplido mejor que yo, y me han ayudado cómo no tienes idea. Hoy, precisamente, en una caminata que tuvimos de casi dos horas, escalamos un cerro y al llegar a la cima sentados miramos el horizonte, dejamos que el viento nos pegara en la cara y, en mi caso, secara mis lágrimas. Y te sentí con nosotros. Fue un sentimiento que me destrozó, pero que me refrendo el amor y el agradecimiento.

Lady, gracias por dejarme a Roma, el remolino de cachorra que tuviste, y a Tito, tu fiel amado. En ellos sigues viva, y en mi corazón y en mis pensamientos por siempre.

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Autor:

¿Que si escribo? No, imagino que lo hago.

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