Publicado en Cuento

Delirio

Veo aquel andrajoso cuerpo tumbado sobre la banqueta. Parece muerto. Embarrado en el pavimento frío sobre un charco de agua. Con el vómito regado por los negros cabellos que le cubren la cara. Los dedos de las manos engarrotados como si en el último momento hubieran querido aferrarse a algo. A qué, me pregunto. Y de pronto siento cómo me palpitan con estruendo las tripas. Las manos me tiemblan. Quiero mirar su rostro.

Me devora la desesperación por saber quién es. Tengo que mirarlo de cerca. Camino sigiloso. Contengo los nervios. Conforme avanzo, un picante aroma a whisky se cuela por mi nariz. Olfateo al hombre y nada. Parece inodoro. Pero el aroma es torrencial. Huelo mi ropa. Soy yo, no el hombre, el que carga aquella pestilencia.

No recuerdo de dónde vengo ni por qué estoy ahí. No creo haber bebido. Ni mareado me siento. Puedo sostenerme de pie e hilar claramente mis ideas. Me había prometido que ni una gota más de enfermedad. Pero este aroma, este aroma no miente…

Dejo de pensar en eso. Lo único que quiero es verle el rostro a aquel hombre.

Estoy hincado junto a él. Le agarró la mano izquierda con cautela. Apenas respiro. Quiero no sentir su pulso. Asegurarme de que ni una sola fibra le queda de vida. Intento destensarle los dedos, pero conforme estiro el meñique, siento como si me estuviera jalando a mí mismo. Contraigo el cuerpo. Sobrecogido, suelto la lánguida mano. Miro mi dedo. Está rojo. Me duele. No tanto como el pecho. La ansiedad empieza a quemarme despacio como la sosa sobre el cochambre.

No me alejo. No puedo. Me obsesiona ese cuerpo sin rostro. La enredadera de greñas es mi único obstáculo. Ya no me preocupa si está vivo o no. Quiero verle la cara. Saber cuál fue el último gesto. Si tiene rastros de lágrimas. De pavor. Si la muerte fue tan fulminante que le permitió una última sonrisa o un grito ahogado en el silencio de una lamentación.

Meto mis largos dedos en la cabellera tiesa. Siento la nariz; me la imagino puntiaguda. Fina. La piel se siente tibia. Suave. Revuelvo los cabellos. Jugueteo con la sensación, como cuando acaricias un gato. No tengo prisa. Lo estoy disfrutando.

La adrenalina ha adormecido mi ansiedad. Estoy flotando en la calma de la madrugada. Mi respiración es apenas un zumbido que se confunde con el viento helado. Apenas la siento.

Aprisiono las mechas negras. Con fuerza levanto la cabeza del hombre. La mantengo en el aire. No, aún no me revela ni un centímetro de su rostro. La emoción me envenena. Quiero disfrutar el paisaje. Pausado. Solo un segundo para girarla hacia a mí y poder tener de frente aquella expresión de muerte. La última sensación de algo que estuvo vivo.

Pacientemente libero uno a uno los cabellos. Poco a poco voy descubriendo el rostro. Siento como corre mi sangre como en una autopista. Sin baches, sin frenos. La emoción se desliza con suavidad. Al fin podré mirarlo.

Pero un zumbido me atraviesa. De pronto un latido apenas audible. Bum. Y silencio. Me paralizo. Bum. Me engancho al cabello con violencia. Bum. Bum. El sonido es cada vez más fuerte. Bum. Bum. Bum. Implosiono un alarido. La desesperación me destroza. Bum. Bum. Bum.

Cierro los ojos.

Llevo mi mano libre a mi pecho. Mi caricia es cálida. Furioso es el latido de mi corazón. Bum. Bum. Suspiro. BUM. BUM. BUM. Estoy tan vivo, pienso.

Abro los ojos y miro el cuerpo junto a mí. Mi mano no está en mi pecho, sino en el del cadáver.

Horrorizado me toco. Silencio.

El silencio va calcinando mis entrañas.

Alzo la mirada, incrédulo. El rostro está descubierto. Lo tengo de frente. Al fin puedo mirarlo. Pero no… ¡No! No puede ser. No hay nadie a mí alrededor. Estoy solo.

En memoria de  Edgar Allan Poe.

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