Publicado en Carta

Un zumbido

Nueves días después de que tus restos yacían en aquel ataúd frente al cual vi derrumbarse a la inquebrantable de mi madre, abrí el documento. Quería escribirte unas líneas. Dedicarte unas palabras. Que supieras que el día que te enterramos no hubo brazos que pudieran sostenerme. Que cuando soporté el frágil cuerpo de mi madre, contuve como nunca el llanto. Que cuando nos miramos, tu esposa y yo,  a través del espejo del baño de aquel velatorio, lamentamos no mirar más tu entusiasmo por estar a los 40 años estudiando una licenciatura en la facultad, que fue nuestra, en esa indomable Ciudad Universitaria.  Que escribí y borré, reescribí y volví a borrar. Que a pesar de estar llena de palabras no podía expulsarlas.

Nueve días después de tu muerte, lo abrí porque antes tuve miedo de que mis palabras estuvieran cargadas de reproches. De egoísmo y de pensamientos concentrados en el dolor. Y echarte en cara tu ausencia.

Y por eso permaneció en blanco 20 meses. Porque en mí no había comprensión. Porque no sentía lo que tú, lo que te puso en esa habitación, en ese momento crucial. Porque uno no es  capaz de ponerse en los zapatos del otro. Quién se pone en el lugar de quien decide acabar con la vida. Cómo sentir tan fidedignamente ese impulso de querer destruirlo todo. De tener la valentía de ser nuestro propio terremoto. Derrumbar todo y aplastarnos con toneladas de escombro. De saber que la finalidad es que no suene ninguna alarma de advertencia para que nadie nos rescate,  para que nos encuentren sin nada que hacer por nosotros, porque pensamos que ya no hay manera de salvarnos.

Sé que preguntarte es inútil, que mis palabras no te tocan, que no habrá respuestas. Quizá, antes de esa noche hubieran hecho algo. Ahora, ahora sólo sirven para mí, para mi liberación. Para decirte que te extraño y que hoy ese documento dejó de ser blanco porque quiero escribirte, decirte que me siento confundida y para que sepas que sin conocer tus razones, comprendo con claridad ese contundente impulso de ser el propio terremoto.

Me avergüenzo.

Porque pensé en la muerte. Qué lamentable fue pensar sólo en eso. Me vi incapaz de soportar una vida así: destrozada, siendo quien nunca pensé.

No repudié la vida. No. Me repudié a mí misma, como nunca.

 

Has sido mi recuerdo más recurrente. Tanto he querido preguntarte. Tantas especulaciones poco certeras sobre ese momento, sobre aquel viernes 24 de septiembre del 2010 en que dejaste de respirar.

Por favor, permíteme, hoy, con estas palabras ser ese zumbido. Déjame creer que puedo salvarte aunque estés muerto, que asesinar no es la única solución, para hallar la manera de salvarse.

Escúchame. Haz a un lado las píldoras y el tequila. Sí, siéntelo. Sí.

Detente…

Y no mueras.

A ti,  tío Alfonso
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