Publicado en Relato

Sorda

Veinticuatro horas tuve un ruido clavado en mi oído izquierdo. Sucedió de repente. Estaba en clase, escribiendo unas líneas, cuando un hueco profundo arruinó mi audición.

Y empecé a escuchar ecos que apenas retumbaban. Intenté hablar quedo porque sentía que gritaba. Ni mi voz alcanzaba a oír. Lo peor es que mi nariz también se tapó y me dejó una voz gangosa.

El vacío. Sentía un vacío subterráneo que escarbaba desde mi oído y llegaba hasta cada parte de mi ser. Entonces, ocurrió. Escuché mi interior. Las tripas revolviéndose, hambrientas, y el ruidoso palpitar de mi corazón. Toqué mi pecho: con mi mano lo sentía agitado, pero con mi oído tapado apreciaba cada golpeteo.

Creí que viviría el resto de mis días escuchando los ruidos de mi interior; pero así como vino el silencio vino el estruendo.

Estaba sola en casa. Afuera reinaba el silencio. Adentro el ruido estallaba. Mi abuela llegó del hospital. Apenas me enteré que lleva días enferma y sin comer. Ni pizca de la fortaleza y dureza que siempre tuvo.

Me recosté a sus pies. Ahí estábamos las dos, haciéndonos compañía. Las dos gritábamos para escucharnos. Las dos estábamos sordas.

–¿Qué te he hice? –Dijo entre quejidos.

No sabía a qué se refería.

–Estás enojada conmigo. Te pasas de largo. Ni me saludas –explicó con los ojos llorosos.

Me sorprendió su aseveración. No estaba enojada. Muchas veces no he estado de acuerdo con su forma de ser y actuar; quizá sea porque ella tiene 85 años y yo apenas 61 años menos que ella. La educación, la forma de ver la vida nos distancia.

Pero no tengo nada en su contra. Me cuidó cuando yo era niña, junto con mi tía Marivel y mi abuelo Amado. Siempre me consintió. Fui la envidia de mis primas porque mi abuela tenía consideraciones conmigo. Me compró el vestido de quince años y mis anillos de graduación.

Siempre va a mi cuarto, cuando llevo horas frente a la computadora. Lo hace sigilosa, procura no interrumpir y me dice que trabajo mucho, que descanse un poco.

Ahora, la vida le ha pesado. La soledad más. Mi abuelo tiene 15 años muerto. Y ella lo extraña. Se siente sola. Piensa que nadie la necesita ni quiere. Yo he sido distraída. Cuando llegó a casa es noche y ella duerme, y por la mañana salgó a prisas que sólo digo adiós.

Piensa que estoy enojada porque hace días que no le beso la mejilla como lo hacía a diario cuando llegaba de la escuela. Porque hace meses que no platicamos, ni le pido que me cuente las historias de cuando era joven, cuando se enamoró del abuelo.

Le dije que no estaba enojada, que sólo estaba viviendo. Que disculpará mis descuidos. Me acarició el cabello, mientras le sobaba las piernas.

Vi sus ganas de morir. Se quejaba aunque nada le dolía.

Y entonces el oído se destapó.

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Silencio

Silencio

Lo he sentido.
Sonido estruendoso
que quiebra con una lenta violencia
cada entraña.
Como huracán que destroza
sin piedad;
callado
para ser certero.
Luego,
el abismo
infinito.