La jacaranda de tu sombrero

El infierno explotaba a tus espaldas. Incandescente. No lo sentiste. La música desgarradora de tus palabras: “No me mates”, y las tristes notas del acordeón que adheriste a tu pecho te tragaban.

La lluvia borró tus lágrimas. El negro de tu delineador cubrió tus mejillas. Tus ilusiones convulsionaron en la maleta que acuestas te sostenía. El vestido blanco se manchó de sangre, de lodo, de dolor. Sólo la jacaranda azul que decoraba tu sombrero lucía impasible. Esperanzadora.

La locura te abandonó. Te convertiste en un verdadero fantasma. Dejaste de subirte las medias. Y ya no hubo modo de peinar el cabello tijereteado. Creíste que los cientos de luciérnagas que brillaban con la marcha del tren habían volado para siempre. Ya no te maravillaba nada.

Pero tus dedos, tus dedos fueron los traidores. Escucharon el silencio espeluznante de la realidad que nunca te había pertenecido. Y no pudieron callar más. Se impacientaron por sentir las teclas del acordeón, necesitaban sus notas.

Música.

La música dentro de ti. Tu locura.

Y de pronto, tus ojos se cincelaron por los gritos de la libertad. Ésa que siempre fue tuya. Estallaron con un brillo tierno. Inocente. Eras libre.


Porque las películas también inspiran. Basado en House of fools (La casa de los engaños) de Andéi Konchalovsky.
Anuncios