Publicado en Relato

El refugio

Los escobazos que recibe lo mantienen pegado contra la pared. Intenta recobrar el equilibro para caminar hacia su hogar. Quiere dormir y olvidar los insultos.

Tras el tambaleo de la peda, la calle le pertenece. Su hogar es ese rincón desolado al que llega todas las noches en compañía de su inseparable anforita de mezcal. La plancha de cemento es su refugio.

Entre los amplificadores y micrófonos se acomodan el Panela y el Huachicol. Sus dos compas de trago eligen el camión del Sonido Max. El Rocker prefiere alojarse entre las llantas. Sus fantasmas no le permiten dormir con la sensación de encierro.

El trozo de cartón se convierte en la cama. El frío, la basura, el perro que lo vigila, son la principal decoración de su dormitorio.

El Rocker desde hace diez años se mantiene preso en las calles. Da la apariencia de un retrato: una camisa amarillo percudido y un pantalón de mezclilla al que la suciedad que se le ha adherido. Las canas comienzan abundar, el corte al estilo disparejo, como si la peluquera en un arranque de locura se lo hubiera tijereteado.

Luce deteriorado, no deja de toser y menos de escupir insultos a quienes osan verlo con desprecio. Se aleja con cada trago que le da al jarrón de alcohol que se empina con desesperación.

Se sumerge en su mundo para pasar el día sentado en el escalón de la accesoria comercial que hace tiempo no se renta. Ve pasar la vida. De pronto, hace un mandado para el taco que le exigen las tripas, o por la necesidad de otro trago.

Si nadie lo molesta, es el más silencioso y a veces sonriente. Pero también, el más violento. Se golpea, grita, empuja, amenaza.

La noche pasa lentamente. Se levanta con los rayos del sol entrando por los huecos que hay entre los cuatro ejes de las llantas. Desmonta su casa. Dobla el cartón y lo esconde algún agujero, se relame con saliva el cabello, se sacude el polvo y camina con única dirección: Una “marrana”, aquel barril que por su redondez se ha convertido en el acompañante principal para ver, junto al Panela y el Huachicol, pasar a la gente de largo.

El cartón y la calle son los únicos que le aguardan, esperan que el alcohol le permita llegar a dormir esa noche a su pequeño refugio.

A Rocker
Mayo, 2010.
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¡Salud!

Esta noche pase junto a tu refugio. Quise encontrarte. Fue inútil….

Justo hoy mi muñeca izquierda no está desnuda. De nuevo cuento el tiempo. No vaya yo a perderlo. Uso mi reloj. Y al mirarlo lamento tanto los pocos minutos que estuve contigo la última vez que te vi. Lamento enterarme hasta ahora de tu muerte. Me hubiera gustado llevarte una flor. No, la verdad no. Odio los sepelios, justo por las flores. Mira qué crueldad regalarte vida cuando mueres, o matar para alegrarte la muerte. Pero me hubiera gustado verte en tu nuevo refugio, llevarte aquel cartón, o una “marrana” desbordando mezcal… para decorarlo, para que te sientas en casa…

¿Recuerdas las veces que desayunamos juntos en aquel improvisado comedor? ¿O cuando me veías en la calle y con tu cuerpo a cuestas me saludabas? Yo lo tengo tan fresco.

Vi al Panela y el Huachicol, quise abrazarlos y decirles… ¡Puta madre!, no había nada que decir… El Panela dormía, como siempre, con el cuerpo desparramado en la entrada de la Iglesia. El Huachicol lavaba un auto, aún tiene los moretones de aquella caída en la que se fregó el rostro, él fue quien le avisó a mi padre 15 días después de tu muerte.

Rocker, tanto que quiero decir. Decirte. Gracias por permitirme acercarme para saludarte, para darte un taco, para levantarte del suelo cuando el cuerpo envenenado por el alcohol no te lo permitía. Gracias por haberme picado esa curiosidad narrativa, por convertirte en el personaje de uno de mis relatos.

Esta noche, estos tequilas, porque no encontré mezcal en esta casa, es por ti.

Que esta noche lo último que se derrame sea una gota de alcohol.