Publicado en Relato

Ya vamos a llegar

No supo en qué momento los pasos apresurados se volvieron zancadas. Sujetó con fuerza su bolsa; intentó aferrarse al instrumento que consideró su única protección. Un calorcito interno se apoderó de ella. No volteó atrás.

Minutos antes caminaba ensimismada, sumida en sus pensamientos. La calle vacía parecía interminable. De pronto la abstrajo de golpe aquella voz masculina: “Qué linda te ves, nena”. Miró de reojo al hombre que desde un automóvil le hacía una seña indescifrable.

Camino más aprisa y mientras intentaba huir, escuchó el motor echado a andar. El miedo la consumió. Deseó conocer mejor el lugar, encontrar un atajo; ver a alguien a quien pedirle ayuda.

Al llegar a la avenida, decenas de motores la confundieron. Se sintió mil veces perseguida. Aterrada. El viento helado le secó las lágrimas; las viejas, las nuevas. El corazón le iba a estallar, por esa desesperación que se le metió hasta los huesos. Sus piernas ya no podían andar más, estaban entumiéndose. Le faltaba oxígeno.

Se detuvo porque se topó con el semáforo en rojo. Con un vistazo intentó observar si el auto —¿blanco o plateado? No lo recuerda bien— no estaba cerca. Respiró hondo para recuperarse. Creyó no ver nada.

“Ya vamos a llegar. Ya vamos a llegar”, intentó tranquilizarse. Recuperarse. Y mientras esperaba la luz verde vio como un auto se pasó del carril de alta al de baja, justo a donde estaba ella, en un movimiento veloz que apenas le permitió replegarse a la pared.

Una pequeña luz salió de la venta del copiloto. Hizo una curva y le rozó el brazo derecho para estrellarse con el suelo. Una colilla aún encendida. Le gritaron algo que no pudo escuchar y arrancaron.

Paralizada. Una estatua. La luz verde la hizo reaccionar. Avanzó sin saber si sus pasos eran suyos. Hasta que una mujer, al otro lado de la avenida, le preguntó la hora.

—Creo que son las ocho —respondió sin mirarla y se dirigió despacio hacia el transporte que la llevaría a casa.

Al subir, se sentó en el rincón. A través de la ventana, miró las estrellas que esa noche no estaban en el cielo. “Bum-bum”, aún rugía su corazón; le punzaban las venas. Le saltaba el pecho. Le salían con violencia los gritos de los ojos.

Echó un vistazo y se encontró rodeada de ocho hombres. El bum-bum se aceleró de nuevo; pero la voz del conductor la calmó: era una mujer. Se sintió protegida, aunque los varones eran mayoría.

Esa noche, no confió más en nadie. Ni en ella misma. Llegó a casa con el corazón doblemente destrozado.

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Autor:

¿Que si escribo? No, imagino que lo hago.

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