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#7: Dos rayos en el mismo lugar

«Simplemente no puedo imaginar lo que fue para esas personas ver su ciudad en ruinas», le dije a mi compañera de trabajo esa mañana que leíamos la prensa. Hace exactamente una semana; 32 años después del sismo que había marcado a la Ciudad de México.

Mientras las dos leíamos, ella me relató que a una de sus tías, aquel 19 de septiembre de 1985, el terremoto la sorprendió en el metro. Pasó los minutos en que cimbró la tierra en un túnel oscuro. Después, al salir, no sólo miró su ciudad cubierta por humaredas de polvo por los edificios que dejaron de existir; también vio en el suelo la construcción en la que trabajaba [en el centro de la ciudad]; sus compañeras perecieron ahí.

—Nunca lo superó —me dijo y las horas siguientes, de ese nuevo 19 de septiembre, fue una frase que se repitió una y otra vez en mi cabeza.

—Simplemente no puedo imaginarlo —me tragaría mis palabras.

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Dos horas y catorce minutos después del característico simulacro de las 11 de la mañana, justo para no olvidar el devastador 85, un nuevo rayo cayó en el mismo lugar. Volvió a sacudirse la tierra. 13:14. La silla de mi oficina, en un cuarto piso, me sacudió. «Está temblando», afirmamos todos y apresurados reproducimos la escena que ya habíamos practicado en el simulacro previo y la semana anterior [cuando pedimos al encargado de Protección Civil de la empresa que nos orientara sobre cómo actuar en un sismo, luego del temblor del 7 de septiembre].

«Si tiembla, no les dará tiempo de salir del edificio, por eso es importante que se replieguen en la zona de seguridad, en cuclillas, cubriendo su cabeza y contando: dice uno, dice dos; eso los calmara y entonces cuando el temblor termine, bajan por las escaleras, pegados a la pared y evitando lo que pueda estar en el suelo», nos guió el hombre de Protección Civil aquel 14 de septiembre en la charla.

Así lo hicimos en el temblor del pasado 19 de septiembre. Aquel extraño conteo no calmó a las 10 personas que nos resguardamos. Aún cuando convierto en puños las palmas de mi mano, siento lo apretones de quienes se sostuvieron de mí los segundos eternos que duró el temblor.

«Simplemente no puedo imaginar la ciudad en estos momentos», dije mientras bajábamos. Después, a las afueras del edificio intacto, cuando todos comenzaron a informar sobre los derrumbes en la colonia Roma y Condesa, la imagen que no podía imaginar dejó mi insulsa imaginación y se tornó en el retrato vivo y a todo color.

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Resultan  indescriptibles los minutos posteriores al sismo; las imágenes no son más que frases cortas unidas por puntos y seguidos. Cuarteaduras. Edificios derrumbados. Personas ayudando. Personas buscando con vida a sus familiares. Los gritos con la imperiosa necesidad de herramientas, de medicamentos. Los puños en alto exigiendo silencio. Los corazones galopando de la desesperación, la impotencia, del dolor. El alma simplemente afuera del cuerpo.

En todo eso pensaba luego de que me comuniqué con mis familiares y amigos, y emprendí el viaje a uno de los lugares más críticos y tristes —reportado a minutos del movimiento telúrico de magnitud de 7.1—: el colapso en la escuela Enrique Rébsamen, al sur de la ciudad. No se tenía el número exacto [y hasta la fecha no se ha dado a conocer] de niños que ese día acudieron al colegio y habían quedado atrapados. Niños de preescolar, primaria y secundaria enterrados entre los escombros. Ni siquiera en las páginas de periódico de 1985, que tanto he hojeado, leí algo similar. Todo el camino, que me pareció una eternidad, pensé en ellos y en los padres.

Llegar al lugar fue toda una odisea. La ciudad era un caos. Los gritos, la gente corriendo, las sirenas de ambulancia, el alma que se resistía a regresar a la materia del cuerpo, complicaron todo, pero cuando finalmente arribamos al sitio la primera imagen me destrozó el corazón: dos árboles inclinados sostenían un improvisado tendedero donde colgaban hojas de cuaderno con los nombres de los infantes; vivos, muertos o desaparecidos, aún no lo sabía. Hasta el momento se han reportado 19 niños fallecidos y ocho adultos.

Pasé más de dos horas de pie junto a dos hombres que aguardaban, en la valla humana a escasos metros de la escuela, el momento en el que se les permitiera relevar a los que adentro ya recogían escombros y buscaban a los niños.

Las escenas son vertiginosas: personas con bata pidiendo insulina y adrenalina; personas con cascos y chalecos pidiendo polines, palas; manos por todos lados transportando botellas de agua y alcohol; rostros desesperados por hacer llegar los menesteres a quienes los necesitaban.

Y de pronto miré el rostro desencajado de una mujer que me tocó el hombro, mientras yo pasaba gasas a un policía. La desolación de su semblante, los ojos sumidos y vidriosos; la voz quebrada permanentemente.

—¿No ha escuchado si han llamado a los familiares de Sergio? —me preguntó apenas sostenida en el cuerpo en el que no estaba.

—No. No he oído ese nombre.

La mujer se alejó. No volví a verla, no físicamente. Su caminar me dejó pensando que cada  «NO» era un segundo más sin su pequeño, un segundo más de la mezcla de emociones: la incertidumbre, la preocupación y la esperanza.

La noche empezó a caer y en ese momento un grito se volvió uno solo: focos, sockets, extensiones, plantas de luz. Todos llegaron. Pero ese día fue el más largo de muchos; la separación entre el día y la noche sólo la marcó la oscuridad.

Entre esas tinieblas la vi, a la mujer que ayudaba en el área designada para dar informes a los padres de los niños atrapados. Entró presurosa cuando hicieron pasar a un grupo de padres a las entrañas del derrumbe, y salió a cuestas, en brazos de un hombre que contenía el llanto. Las lágrimas de aquella mujer eran secas y transparentes, no tocaban su piel, sino su alma, pensé.

Y después vino un silencio prolongado. Se buscaba la vida. Un grito previo lo anunció. Por varios minutos los puños permanecieron en lo alto. Todos callamos. Los brazos y los cuerpos dejaron de hacer ruido. En ese momento escuché a mi corazón delator: un bum bum fuerte y largo. Podría asegurar que todos los ahí presentes, en esos segundos, en ese silencio desgarrador, sentimos y vimos nuestra imagen inimaginable del sismo.

Luego la nada.

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Conforme pasaban las horas, el anuncio de nuevos edificios colapsados era irremediable. La escena aunque siempre similar [la solidaridad con cuerpo y alma], también tenía sus particularidades: así lo viví en algunos de los edificios de la colonia Portales.

La temeridad de los voluntarios y rescatistas en el edificio de Emiliano Zapata y Petén. La desolación en Saratoga, donde vi a una familia, a escasos metros del edificio donde solían vivir a punto de caer. El primer piso había desaparecido y se presumía que una mujer de nombre Candy no había salido. Dijeron que se puso muy nerviosa y se inmovilizó. Los rescatistas intentaron dar con ella, pero no tuvieron éxito. Su hijo aguardaba a unos metros por ella, junto a la familia que observaba su edificio.

—Disculpe, ¿si tiene dónde pasar la noche? —le pregunté a la mujer de la familia, sentada en la banqueta, cuando en realidad ya eran los primeros minutos del 20 de septiembre.

—Sí, señorita, ya mero nos vamos —me dijo.

La observé un par de segundos mirar fijamente el edificio, quizá estaba condensando todas sus memorias de aquello que inevitablemente iba a desaparecer.

Ese día terminó para mí a las tres de la mañana del 20 de septiembre, luego de dejar atrás el olor a café y las imágenes del derrumbe de un edificio en Lindavista.

Así, cuando finalmente recosté el cuerpo sobre la cama, tuve miedo de cerrar los ojos y de que mi subconsciente liberara todas las escenas por las que decidí no sentir. Me abracé al cuerpo siempre tibio de mi novio y entonces me regresó el alma. Estábamos a salvo.

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A siete días de la tragedia, aún no tengo la imagen de mi ciudad en ruinas, y no porque no haya pisado ya todos los puntos donde hubo derrumbes de edificios, sino porque todavía no he podido verla así, en ruinas: desde que alguien se acercó a ayudar en los inmuebles colapsados, todo comenzó a reconstruirse. Ahora, simplemente no puedo imaginar la ciudad sin la movilización de los rescatistas y civiles que —en un acto de anarquía pura, sin la presencia del Estado— emprendieron las labores de rescate para levantar a los caídos y las ruinas.

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#6: Para no escuchar el silencio

Después de lo que pasó, me puse a pensar en los silencios. En todos los que ya he ido liberando y en los que aún me faltan. Estaba ahí, en el metrobus a las 7:30 de la mañana, rodeada de mujeres [que se aplastaban, que se empujaban], sintiéndome a salvo. Miré sus rostros y me pregunté cuáles eran los silencios que cada una de esas mujeres cargaban esa mañana, cuáles llevan cargando por meses, años. Sentí [siento] unas profundas ganas de llorar, pero me he contenido, quizá por rabia, quizá porque me he cansado de liberar la impotencia a través de las lágrimas. Llegué a la oficina y busqué los números del centro de denuncia de Tlalnepantla. El hombre al otro lado del teléfono me recibió con una inaudita empatia [algo fundamental al momento de denunciar] y escuchó paciente mi relato: Es la segunda vez que alguien me acosa en la calle, cerca de mi casa, en menos de tres meses. Las dos a la misma hora [a la hora en que me dirijo al trabajo]. La primera, un hombre me dijo obscenidades cerca del oído, no supe cómo reaccionar y me quedé inmóvil, lo dejé escapar, lo perdí de vista y luego cuando me lo topé de nuevo estaba a mis espaldas subiendo en el mismo camión que yo; pensé en bajarme, pero antes de hacerlo, él ya se había bajado. La segunda ocurrió hoy. En el puente peatonal que debo cruzar para llegar al transporte, un hombre que bajaba mientras yo subía, cuando nos emparejamos en un escalón, me nalgueó. La rabia me hizo gritarle la gama de groserías que me sé muy bien y salir detrás de él a enfrentarlo. Huyó. Pero esta vez sentí el impulso de no quedarme inmóvil. El hombre al otro lado del teléfono de inmediato levantó mi reporte, fue minucioso en los detalles de ubicación de la zona del incidente. Le proporcioné mi nombre completo y demás datos, no quería que esto fuera anónimo. “También, si me lo permite, levantaré una queja para que manden una patrulla al sitio desde mañana a la hora que se va al trabajo. Para que esto no quede en un solo reporte, sino en algo a lo que se le dé seguimiento y se puedan pedir otras acciones”, me dijo y me dictó mi folio, me dio su nombre y agradecí que en ningún momento hubiese desestimado mis palabras. Después me puse a pensar en los gritos que revientan el silencio y nos liberan.

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#5: Mis días sin ti

Para Gabriel. 

Día 1. No sé cuál considerar como el primer día en que no te tengo y ya te extraño. Aquellos tres días seguidos de mis vacaciones, o los cuatro que le siguieron por el proceso electoral y tuviste que viajar a Nayarit; o al primer día con el que se iniciaría la suma de 15 en los que estarías en Centroamérica. No sé cuál es el día uno, todos me saben igual: una combinación de añoranza, por saberte tan lejos [físicamente] de mí, y de felicidad, por saber que no estás tan lejos en realidad [no físicamente], por sentir tu amor en cada texto que me envías, en los teamos, en experimentar la necesidad de sentir tu respiración erizando mi piel. El día uno es todos al mismo tiempo. Porque cada mañana es un nuevo día sin ti.

Día 2. “Simplemente enamoradísima”, escribí y publiqué la frase en mis redes sociales. Así me sentí en el ocaso de tu partida, así me dejaste con el sabor de tus besos apresurados y húmedos, justo el día que cumplíamos siete meses juntos. Así me sentí las horas consecuentes: feliz, dichosa, radiante. Te extraño como nunca, como siempre.

Día 3. Hoy vestí de rojo mi sonrisa, como una forma de anhelo. Me encantaría dejarte el colorete en tus labios y ver el gesto que haces porque se quedan marcados con mi labial. Sé que no te gusta y constantemente amenazas con regalarme uno indeleble; pero lo cierto es que a mí me encanta verlos un poco rosados después de que te estampo mis besos. No sabes lo sensuales y apetecibles que me resultan.

Día 4. Me he despertado perturbada. Una pesadilla alteró mi sueño. No te he contado de un fantasma que en noches recientes me ha visitado frecuentemente en mis sueños. Es un ser que siempre consigue que te alejes de mí y el hueco que ese dolor me provoca me deja con una sensación de vacío que me dura por horas; cada que eso pasa el llanto me desborda.  

Día 5. Hoy vi de nuevo Juana “La loca”, una película española sobre la historia Juana I de Castilla, apodada “La loca” por su amor desbordado [incluso enfermizo] por Felipe “El Hermoso”. Hay muchas lecturas que tengo al respecto, pero una que pensé ahora, ahora que siento que te amo con tanto frenesí, es que Juana estaba desesperada porque no era correspondida en su amor. Siempre su historia me da mucha tristeza, pero esta vez creo que la comprendí un poco mejor: ella no estaba loca porque Felipe fuera hermoso y codiciado por otras mujeres; no, Juana se vuelve loca porque no había ni un ápice de correspondencia, de amor, de pasión hacia ella. Y entonces pensé que mi amor desbocado hacia a ti es tal porque me siento inmensamente correspondida y eso también puede volver loco a uno: por tanta felicidad y dicha.

Día 6. En el viaje a casa te pensé mucho, pero debo reconocer que disfruté de la compañía de mi padre. Platicar con él siempre me da paz, de todo tipo. Él me conoce tan bien que sabe como alegrarme más de lo que estaba ese día. Así que en este viaje me hizo sonreír mucho y al final del trayecto remató: “Hicimos menos que Gabriel, ¡eh! Corre a llamarlo”. Y eso me llenó aún más de felicidad.

Día 7. Cada que alguien se vislumbra por la puerta de mi oficina, no puedo voltear a ver si no eres tú el que furtivamente has venido a verme un par de segundos, para sonreírme, para darme un beso discreto. En las ocho horas que estuve sentada frente a la computadora conté a 50 personas que desee que fueran tú.

Día 8. Todo el camino a casa estuve ideando las fotografías que te enviaría. Me sentí ilusionada de sólo pensar en la forma en que colocaría la cámara, la luz; traté de pensar en cómo ves tú a través de la cámara cada vez que piensas y concretas una toma. Me sentí tan unida a ti: en la forma en que cada uno, desde sus trincheras, construye sus escenas, sus historias.

Día 9. Hoy practique un maquillaje distinto en los ojos. Usé una sombra más oscura. Me costó mucho trabajo, seguro te habrías reído de mí [como yo lo hice de mí misma] por tanto rollo al momento de colocar la sombra. Lo hice pensando en verme linda cuando volvamos a vernos; pero aún me falta mucha práctica.

Día 10. Me desbordó la alegría cuando te conté de la boda en Oaxaca y cómo de inmediato iniciaste el itinerario. Amo que, dentro de todo, tengamos en mente viajes y destinos a los que quisiéramos llegar más pronto de lo que podemos. Esas ilusiones nos han mantenido muy vivos.

Día 11. Hoy simplemente fui feliz todo el día por sentirme amada.

Día 12. Me duele saberte desconcentrado o triste. Una especie de desesperación me acomete por ese simple sentimiento. ¿Cómo hago para revertir tu sentir? ¿Para que te pese menos la carga que lleva? A veces, no sé cómo, lo logró; y otras no sé qué tanto. Pero quiero que sepas que somos dos y somos uno en la buenas y en las malas, y siempre voy a estar para ti.

Día 13. Elegí lencería de encaje para recibirte. Espero que te guste, porque cuando la compré mi principal impulso fue imaginar tus rostro cuando me vieras, cuando me la quitaras y volviera a pertenecerte.

Día 14. Amor mío, hazme tuya para siempre.

Día 15. Día cero. El fin de la espera. El inicio de todo.

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#4: Lady

Llevo un tiempo intentando escribir estas líneas. Para ser precisa 45 días. Pero hoy, simplemente, brotaron. Quizá han sido los largos paseos matutinos con Roma y Tito los que me han fortalecido y me han hecho al fin escribirte, mi Lady.

Ay, Lady, ¿recuerdas que cuando te conocí, aquel octubre de 2011, te tenía miedo? Cómo pude siquiera experimentar esa sensación cada vez que te acercabas a olfatearme, si siempre lo hacías delicada y discreta, y por eso en cuestión de días te ganaste mi corazón y te convertiste en el primer perro al que he amado.

Todos los días te pienso y recuerdo muchas de nuestras postales que enmarqué en la memoria. Fui muy afortunada por los más de seis años que disfrute de tu compañía. Todos creían que habías estado conmigo desde que naciste, hace quizá 15 años, porque tú no eras mi mascota, Lady, eras mi compañera.

Fuiste mi ancla a la vida, cuando me consumía en un infierno que nunca pensé que viviría y del que saldría avante. Por ti, por Tito y por Roma era por quienes luchaba cada mañana. Me enseñaste a ser una guerrera, como tú misma lo eras, aferrándote a la vida; primero, cuando quedaste preñada y vino Roma; después, cuando te quebraste la pata y tú misma te quitaste el yeso; cuando tus cervicales quedaron dañadas de aquella caída de las escaleras y tuviste que usar collarín; cuando se presentó el tumor que descubrimos en mi cumpleaños número 28, en aquel viaje en que recorrimos las calles de Ciudad Laredo, y cuando te enfrentaste durante un mes al mal que ya no pudimos derrotar.

Ay, Lady, fuiste una guerrera y por eso supe muy bien cuando ya no podías con la batalla. Esos días estuvimos más unidas que nunca. Aquel día, una semana antes de aquel 15 de abril en el que pude abrazar tu último respiro, fue el día más difícil al que me he enfrentado, cuando tomé la decisión más dolorosa de mi vida, pero también, creo, la más sabia.

Lady era tu ladrido cada vez que llegaba a casa, tu lengua indomable en cada beso, tu dominante inocencia, esa dulzura cuando me mirabas cuando cantaba, bailaba o lloraba, cuando permanecías silenciosa a mi lado mientras me arreglaba, lo que más extraño. No te voy a negar que los primeros días posteriores a tu partida, Roma, Tito y yo te extrañamos, aunque en aquel último paseo que realizamos los cuatro te prometimos que no estaríamos tristes.

Tito y Roma lo han cumplido mejor que yo, y me han ayudado cómo no tienes idea. Hoy, precisamente, en una caminata que tuvimos de casi dos horas, escalamos un cerro y al llegar a la cima sentados miramos el horizonte, dejamos que el viento nos pegara en la cara y, en mi caso, secara mis lágrimas. Y te sentí con nosotros. Fue un sentimiento que me destrozó, pero que me refrendo el amor y el agradecimiento.

Lady, gracias por dejarme a Roma, el remolino de cachorra que tuviste, y a Tito, tu fiel amado. En ellos sigues viva, y en mi corazón y en mis pensamientos por siempre.

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#3: Cien años de El Ilustrado

Hoy tenía que escribir de usted, señor Sotres. Hoy, irremediablemente, usted vino a mi mente por distintas razones (como porque estoy leyendo un libro que habla de Carlos Madrazo, ese personaje del que tanto nos contó), pero sé que lo he pensado porque hoy que se cumplen 100 años del nacimiento de aquel semanario cultural que usted tanto amó y del que tanto nos enseñó a quienes como files ratoncillos de hemeroteca hemos resguardado —o eso hemos intentado—: El Universal Ilustrado. ¿Sabe? Creo que por usted fue que me enamoré de esa revista; usted me enseñó su valía. Recuerdo con precisión el momento: yo estaba en silencio en mi computadora y usted, en el aparato al lado mío, comenzó a contarme sobre los escritores que ahí publicaban; esas plumas poco conocidas que hacían arte con sus letras. Desde ese momento siempre lo escuché [junto con Aída] atónita. Ahí fue cuando empezamos a conversar: mientras usted consultaba los tomos de El Ilustrado de los años 20, yo le creaba los documentos donde vaciaba las referencias, las citas. Esos escritos suyos los conservo como un tesoro; de vez en cuando los hojeo para encontrar el oro molido del que tanto nos hablaba. ¿Recuerda la vívida charla sobre Martín Luis Guzmán? Yo recuerdo como un día al llegar al trabajo encontré debajo del teclado de mi computadora la nota para que buscara un artículo de Guzmán en El Ilustrado. ¡Qué maravilla! Cada vez que hojeo esos periódicos viejos lo recuerdo y extraño como nunca a las personas que ya no están en esta hemeroteca, como usted, y me doy cuenta de lo sola que a veces me siento en esta morgue de papel, sin nadie con quien conversar ni con quien compartir todos esos hallazgos. Justo hoy, en el Centenario de este suplemento cultural, lamento tanto que aquel proyecto que con tanta dedicación hizo para impulsar la investigación y el rescate de El Ilustrado nunca encontrara eco en este periódico de circulación nacional, sobre todo lo lamento porque quienes aún estamos no podemos pelear la batalla que dejó inconclusa, porque tenemos que sortear otras en las que se nos dice que “hagamos investigación de verdad”, como si sumergirnos en los diarios viejos no arrojara magia. Pero, sobre todo, sepa por favor, señor Fernando Sotres, que cuando Aída y yo nos enteramos de su muerte no encontramos mejor manera de honrarlo que recordando todo lo que nos contó y enseñó; como aquella última charla en el café La Habana, donde por vez primera nos contó de su vida personal. Hoy me habría encantado compartir con usted este Centenario y que en una charla con café hubiéramos recreado aquel 11 de mayo de 1917, donde hubiéramos imaginado cómo las rotativas fueron entintando el papel y dando forma a las primeras páginas de El Ilustrado, el cual se engalanó con el reportaje de Xochimilco con las grandiosas fotos de Carlos Muñana… Por eso hoy, señor Fernando, le agradezco mucho por tanto conocimiento y tantas pistas.

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#2: La eternidad

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No puedo precisar cuándo ocurrió; en qué momento el impulso se convirtió en una necesidad, en el fehaciente testimonio de que el olvido no existía y la eternidad era posible. Pero sucedió. Y enmarcamos la noche del cinco de enero de 2017 con nuestra intención y compromiso de hacer esto eterno. Los dos llegamos a la cita, nerviosos, dichosos. Creo que era el amor en su pureza máxima lo que había entre nosotros. Yo me podía mirar, transparente, en sus hermosos ojos, mientras que la felicidad carcomía mis entrañas. ¿Es esto posible?, me preguntaba para mis adentros. Tanta felicidad, ¿es posible?, no dejaba de cuestionarme en mis pensamientos. Elegir el modelo fue el reflejo de nuestras personalidades y de nuestra relación: las ideas, los intercambios, las discrepancias, los acuerdos. Porque si algo teníamos en claro era que nos sentíamos vivos y agradecidos de haber vuelto del infierno en el momento en que nos enamoramos y nos entregamos el uno al otro. Por eso, decidimos que fuera ALIVE la palabra [acompañada de un corazón] el primer trazo en nuestra piel, la que encuadrara nuestro amor. La eternidad que nos prometíamos, retando a las adversidades. Ese cinco de enero me sentía nerviosa, sí, tenía miedo del dolor de las agujas marcando con tinta cada trazo del tatuaje con el que vestiríamos nuestros brazos; pero era mayor la emoción y la felicidad que hacían palpitar con ímpetu mi corazón. Primero pasé yo; después él. Yo en el brazo derecho y él en el izquierdo. El objetivo era claro: cuando nuestras manos se entrelazaran y nuestros brazos se acariciaran los dos tatuajes se unirían, como nuestras almas y todo nuestro ser cada vez que nos amamos, cada vez que nos extrañamos y necesitamos, y también cada vez que nos desesperamos y nos lastimamos. Porque ser libres y revivir a causa del amor es la verdadera eternidad.

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#1: Año nuevo

No recuerdo desde cuándo inició la tradición; pero sin falta, los días previos al fin de año, yo me entregaba a la limpieza de mi habitación; la labor podía llevarme días: liberarme de todo aquello que ya no ocupaba o usaba, desde ropa, libretas de apuntes, juguetes [lo que sí recuerdo es que esto lo realizaba desde los años de la secundaria, porque un año tiré algunas de mis libretas de la primaria], lavar toda la ropa sucia, las cortinas, cambiar las sábanas de la cama y si era necesario pintar o hacer algunas remodelaciones [un año tapicé de azul cielo y de estrellas blancas las paredes]. Cuatro años puse en pausa la faena y este 2016 decidí retomarla. Había mucho periódico desperdigado, los libros desbordaban polvo y las horas previas al fin de año me encontré con varias prendas después de años de no vestirlas, porque esperaba el momento oportuno o bajar o subir un poco de peso. Así, toda la mañana, tarde y parte de la noche del 31 de diciembre de 2016 me la pasé limpiando. Para una obsesiva del orden, como lo soy, esto es liberador, placentero y terapéutico. Un día antes un resfriado me había tendido en la cama, pero no me detuvo. Mis padres me vieron tan concentrada que sólo me interrumpieron para despedirse de mí antes de emprender su viaje a Querétaro [donde celebrarían Año Nuevo con unos amigos y donde decliné ir]. A las 10 en punto, luego de alimentar a Lady, Tito y Roma [mis fieles acompañantes], tomar una ducha que supo a gloria y vestir mi pijama más afelpada, calenté la cena que mi madre amorosamente me dejó  y serví el vino que mi hermano y su esposa habían dejado en Navidad. Era la primera vez que pasaba la noche vieja sola. Al terminar los alimentos y la botella de vino, que acompañé con chocolates, almendras y cerezas, una fatiga me invadió y caí dormida frente al televisor donde ya se reproducía la selección de películas con las que despediría 2016. Desperté 10 minutos antes del cambio de año, por la música y los cuetes de mis vecinos. Lady, Tito y Roma ya me habían rodeado en la cama, los abracé cuando el reloj marcó el minuto final y el primer minuto. Luego nos arropamos bajo las cobijas, bajo el aroma a limpio: a canela y manzana del limpia pisos; a violetas de las sábanas. La luz que entraba por las ventanas sin cortinas nos arrulló. Para mí 2016 ya había terminado dos días antes. Justo en el momento en el que él me rodeó por la cintura y dejó de mirarme con sus profundos ojos tornasol los minutos en que me besó. Esa noche nuestras almas se amaron y fue en ese momento que comprendí que 2016 ya  había terminado; ya se había llevado lo que debía y me había dejado lo que necesitaba, sólo le faltaba un poco de orden a mi habitación.